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| De mi utoría |
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| Cuaderno Testimonial |
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A modo de comienzoEl
filósofo
piensa
en
el
hombre.
Piensa
al
hombre. Cuando aquel rupestre grabó el bisonte en las cuevas, plasmó un acto de eternidad. Tal vez, lo haya hecho para fijar en esa imagen, la necesidad de la caza, al incorporar el alma del animal en la piedra, posiblemente como alimento a la vez que como abrigo utilizando su piel. O,
por
qué
no,
a
manera
de
una
actitud
decorativa
como
para
que
la
cueva
no
fuese
tan
“fría”,
despojada
de
lo
que
luego
llamaríamos
belleza,
estética
y
todo
lo
que
se
dice
acerca
del
hecho
creativo
de
las
imágenes. O
todo
lo
fue
haciendo
cual
si
fuera
una
cadena
de
pensamientos,
uno
tras
otro,
expresando
qué,
luego
de
ese
elemento,
habría
que
crear
los
siguientes. Por ello puedo componer estas palabras oprimiendo las letras que el teclado de la PC me propone. Desde aquellos tiempos, el crecimiento fue constante. Sostenido. Aún, ante la adversidad, ante los cataclismos, las inclemencias y por supuesto, ante las propias miserias que el propio hombre fue provocando en su acaecer. Y
aquí
estoy,
sentado
ante
esta
herramienta,
qué,
como
aquellos
artefactos
litios
le
permitieron
al
hombre
ir
avanzando
en
hechos,
raspando,
percutiendo
para
crear
cosas,
ésta,
a
mí,
me
permite
ir
departiendo
acerca
de
ellos,
los
que
fueron
en
los
albores. Pero cómo hablar, por ejemplo, de un hombre que vive en África, o en China, o aquí, cercano, en Bolivia, país limítrofe con Argentina, que es donde habito, si no conozco sus costumbres, su manera de vida. Claro, en este mismo instante me pregunto si podría, incluso, hablar de mi vecino, con el que dialogamos en los atardeceres, cuando nos encontramos después de un día de trabajo y él llega en su bicicleta, deteniéndose aquí, ante la puerta de casa para lo que es casi un ritual: ambos, pareciera que esperamos esa hora en la cual el sol se retira, dando paso a la penumbra del anochecer, ese misterioso y extraño acontecimiento, como diría Sábato, la hora en que los sonidos del día se van apagando. Y hablar de este hombre, el vecino. ¿Qué sé de él? Conozco como se viste, de qué manera camina, el tono de su voz cuando se expresa verbalmente, los ademanes que acompañan a sus palabras, puedo pensar acerca de sus conocimientos, de su precaria formación pedagógica, pero a la vez, puedo pensar en su sabiduría. Sí, sabiduría acerca de tantas cosas que podrían vincularse a cuestiones prácticas, pero también dice cuando se refiere a las plantas, a los ciclos estacionarios, a las semillas que están preparadas para ser sembradas, a sus conejos, sus gallinas, o cuando me comenta sobre repelentes caseros, en épocas como esta en la cual el mosquito transmisor del dengue, parece que está causando estragos en el país. Sobre todo, en las provincias más pobres. Y es ahí donde se lanza con una cantidad de palabras que cuestionan de manera contundente al sistema en el cual vivimos, el injusto sistema que los señores del poder deciden para nosotros, los que menos tenemos, dice, donde siempre, pero siempre, los que sufren, son los que carecen. Y menciona las calamidades a la que estamos expuestos. Casi un pensamiento filosófico... Cuando pienso en el vecino, como ahora, para escribir algo sobre esto que quiero decir, lo relaciono con aquellos comienzos, cuando el hombre se fue instalando en lugares precisos, mientras iban dejando de ser recolectores, cazadores inferiores, digo, dedicados a la caza menor, de una cultura incipiente en cuanto a manera de vida o mejor dicho sin cultura aún, ya que eso vino luego. Ya asentados, ya en lugares decididos, seguramente tuvieron que vérselas con el asunto de la supervivencia para conservar la especie (aunque ellos nada supieran acerca de la especie) desde cada uno, desde un yo que tampoco conocían. El yo de la existencia. Había que vivir. Y ese vivir debe haber sido bien duro, mientras se iban arraigando en los lugares en los que decidieron estarse. Imagino, aunque en imágenes brumosas, cómo habrán sido sus primeros contactos con el quehacer de una huerta, o la domesticación de los animales que lo acompañarían en ese inicio, en esa nueva manera, en lo que después, hemos dado en llamar cultura, que siempre escuché decir viene de cultivo y no está mal decir que significa saber, erudición, conocimiento. Porque aquello, los primeros, fueron haciéndose eruditos, sabios, para convivir con sus pares de la Naturaleza. Eran la Naturaleza. Y mi vecino viene a cortar el pasto de la calle, de mi jardín, del fondo de casa y me pide una bolsa para juntar ese pasto cortado y llevárselo a sus conejos. Y se ilumina mi neurona y entonces me digo: -Claro, eso hacían, eso fueron haciendo aquellos tipos. Y aquel hacer lo fueron aprehendiendo los que venían luego, a la vez que, seguramente, agregaban su propio comprender y mejoraban en algo lo aprehendido. Y “aquello”, evidentemente, ha llegado hasta mi vecino. Él sigue haciendo eso que hacían. Si
en
este
momento
por
algún
proceder
mágico,
a
la
vez
que
improbable
desaparecieran
las
casas,
las
calles
asfaltadas,
los
colectivos,
los
autos,
los
cables
de
luz,
las
computadoras,
en
fin,
todo
esto
que
nos
rodea,
él,
mi
vecino,
no
se
daría
cuenta
de
ello,
o
en
todo
caso,
no
le
daría
importancia,
ya
que
sus
conejos,
sus
gallinas,
la
huerta,
requieren
de
su
atención
y
para
ello,
en
nada,
necesita
de
todo
lo
que
hubiese
desaparecido.
Él
seguiría
alimentándose,
escuchando
a
los
pájaros
del
lugar,
diciéndome
cual
es
cual
de
acuerdo
a
su
canto,
en
qué
árboles
anidan
y
en
cuáles
no
porque
sus
ramas
y
hojas
no
le
ofrecen
protección. |
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