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TEXTOS
De mi utoría
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Cuaderno Testimonial
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A modo de comienzo

El filósofo piensa en el hombre. Piensa al hombre.
¿En qué hombre piensa? ¿En cuál de ellos de los miles de millones que habitan el planeta?

Cuando aquel rupestre grabó el bisonte en las cuevas, plasmó un acto de eternidad.

Tal vez, lo haya hecho para fijar en esa imagen, la necesidad de la caza, al incorporar el alma del animal en la piedra, posiblemente como alimento a la vez que como abrigo utilizando su piel.

O, por qué no, a manera de una actitud decorativa como para que la cueva no fuese tan “fría”, despojada de lo que luego llamaríamos belleza, estética y todo lo que se dice acerca del hecho creativo de las imágenes.
Pero también, en el acto de crear, el troglodita se mostró. Mostró para los tiempos quién era, cómo era en sus formas de cotidiano vivir.
Y así es que luego, otros hombres fueron agregando más y más imágenes, nuevas grafías que, antes de habitar ellos, no existían en el planeta.
Imagino el primer cuenco, el primer cacharro, lo imagino que haya sido, tal vez, como un acto cerca de lo casual, cuando tuvo el sentimiento de la concavidad de su mano y allí depositó el barro que al secarse, tomaría forma. Posiblemente, haya sentido la necesidad de cavar, de ahuecarlo y comprendió, diciendo que eso era un recipiente.

O todo lo fue haciendo cual si fuera una cadena de pensamientos, uno tras otro, expresando qué, luego de ese elemento, habría que crear los siguientes.
¿Acaso sabia sobre el devenir? ¿Qué él era el inicio? Claro es, junto con otros. Y entre todos los que estaban ahí, donde fuere, lo iban haciendo. Y lo hicieron bien.

Por ello puedo componer estas palabras oprimiendo las letras que el teclado de la PC me propone. Desde aquellos tiempos, el crecimiento fue constante. Sostenido. Aún, ante la adversidad, ante los cataclismos, las inclemencias y por supuesto, ante las propias miserias que el propio hombre fue provocando en su acaecer.

Y aquí estoy, sentado ante esta herramienta, qué, como aquellos artefactos litios le permitieron al hombre ir avanzando en hechos, raspando, percutiendo para crear cosas, ésta, a mí, me permite ir departiendo acerca de ellos, los que fueron en los albores.
Con el deseo de un desarrollo en el sentir-pensamiento, que me conduzca al encuentro no, ya de una certeza, sino, de un posible acercamiento al interrogante del inicio de este texto, para dilucidar en la aproximación, cuál es el hombre del que pretendo hablar. O, de los hombres, dada la diversidad en las singularidades que somos los seis mil o más millones de seres que habitamos el planeta.

Pero cómo hablar, por ejemplo, de un hombre que vive en África, o en China, o aquí, cercano, en Bolivia, país limítrofe con Argentina, que es donde habito, si no conozco sus costumbres, su manera de vida. Claro, en este mismo instante me pregunto si podría, incluso, hablar de mi vecino, con el que dialogamos en los atardeceres, cuando nos encontramos después de un día de trabajo y él llega en su bicicleta, deteniéndose aquí, ante la puerta de casa para lo que es casi un ritual: ambos, pareciera que esperamos esa hora en la cual el sol se retira, dando paso a la penumbra del anochecer, ese misterioso y extraño acontecimiento, como diría Sábato, la hora en que los sonidos del día se van apagando.

Y hablar de este hombre, el vecino. ¿Qué sé de él? Conozco como se viste, de qué manera camina, el tono de su voz cuando se expresa verbalmente, los ademanes que acompañan a sus palabras, puedo pensar acerca de sus conocimientos, de su precaria formación pedagógica, pero a la vez, puedo pensar en su sabiduría. Sí, sabiduría acerca de tantas cosas que podrían vincularse a cuestiones prácticas, pero también dice cuando se refiere a las plantas, a los ciclos estacionarios, a las semillas que están preparadas para ser sembradas, a sus conejos, sus gallinas, o cuando me comenta sobre repelentes caseros, en épocas como esta en la cual el mosquito transmisor del dengue, parece que está causando estragos en el país. Sobre todo, en las provincias más pobres. Y es ahí donde se lanza con una cantidad de palabras que cuestionan de manera contundente al sistema en el cual vivimos, el injusto sistema que los señores del poder deciden para nosotros, los que menos tenemos, dice, donde siempre, pero siempre, los que sufren, son los que carecen. Y menciona las calamidades a la que estamos expuestos. Casi un pensamiento filosófico...

Cuando pienso en el vecino, como ahora, para escribir algo sobre esto que quiero decir, lo relaciono con aquellos comienzos, cuando el hombre se fue instalando en lugares precisos, mientras iban dejando de ser recolectores, cazadores inferiores, digo, dedicados a la caza menor, de una cultura incipiente en cuanto a manera de vida o mejor dicho sin cultura aún, ya que eso vino luego.

Ya asentados, ya en lugares decididos, seguramente tuvieron que vérselas con el asunto de la supervivencia para conservar la especie (aunque ellos nada supieran acerca de la especie) desde cada uno, desde un yo que tampoco conocían. El yo de la existencia. Había que vivir. Y ese vivir debe haber sido bien duro, mientras se iban arraigando en los lugares en los que decidieron estarse.

Imagino, aunque en imágenes brumosas, cómo habrán sido sus primeros contactos con el quehacer de una huerta, o la domesticación de los animales que lo acompañarían en ese inicio, en esa nueva manera, en lo que después, hemos dado en llamar cultura, que siempre escuché decir viene de cultivo y no está mal decir que significa saber, erudición, conocimiento. Porque aquello, los primeros, fueron haciéndose eruditos, sabios, para convivir con sus pares de la Naturaleza. Eran la Naturaleza.

Y mi vecino viene a cortar el pasto de la calle, de mi jardín, del fondo de casa y me pide una bolsa para juntar ese pasto cortado y llevárselo a sus conejos. Y se ilumina mi neurona y entonces me digo: -Claro, eso hacían, eso fueron haciendo aquellos tipos.

Y aquel hacer lo fueron aprehendiendo los que venían luego, a la vez que, seguramente, agregaban su propio comprender y mejoraban en algo lo aprehendido.

Y “aquello”, evidentemente, ha llegado hasta mi vecino. Él sigue haciendo eso que hacían.

Si en este momento por algún proceder mágico, a la vez que improbable desaparecieran las casas, las calles asfaltadas, los colectivos, los autos, los cables de luz, las computadoras, en fin, todo esto que nos rodea, él, mi vecino, no se daría cuenta de ello, o en todo caso, no le daría importancia, ya que sus conejos, sus gallinas, la huerta, requieren de su atención y para ello, en nada, necesita de todo lo que hubiese desaparecido. Él seguiría alimentándose, escuchando a los pájaros del lugar, diciéndome cual es cual de acuerdo a su canto, en qué árboles anidan y en cuáles no porque sus ramas y hojas no le ofrecen protección.
Debo decir a esta altura de lo escrito, para quien lo lea, que vivo en un barrio alejado del centro de Ciudad Moreno, en la Provincia de Buenos Aires, con calles de tierra, con zanjas por donde corre el agua que sale de las casas, un barrio con mucha vegetación, árboles de toda especie, pájaros, perros, gatos, gallinas, conejos algunos caballos y chicos, muchísimos chicos que juegan revolcándose en la tierra. Y me digo: -Debe haber sido así. Sí, antes de poblados, de ciudades, de países, de continentes, seguramente fue así.


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