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TEXTOS
De mi utoría
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Cuaderno Testimonial
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El Cuento

 

Había intentado escribir el cuento sobre la silla. Un fracaso. Nunca cobró vida, como la vida que pretendía darle a la silla en la historia del pibe que nació aquella tarde en Floresta y me fue imposible. Tenía el comienzo y el final, pero, reitero, no pude agregar eso que va entremedio del principio y el último párrafo de un cuento.

Tiempo después, sucedió lo de La Giralda: estaba sentado a la mesa que da hacia la Avenida Corrientes, hojeando un diario que me había traído el mozo cuando le pedí uno de mis interminables cortados –¡Un café –dijo gritando- sale al corte! Y depositó el periódico sobre la mesa. Comencé a recorrer, casi distraídamente las hojas, los textos con las noticias; leía solamente los titulares pues mi interés estaba situado en la espera de mi amigo Ricardo, con quien habíamos decidido ir al cine, para ver La Nave Va, del Gran Fellini. Mis ojos se movían haciéndome ver lo impreso en cada hoja y de pronto, una información hizo que me detuviera en ella, que leyera con más atención: una editorial, invitaba a escritores argentinos y extranjeros, éstos con más de cinco años de residencia en el país, a un certamen literario, en el rubro cuento. El premio era buen dinero y diploma. Sonreí, pensando de inmediato qué pasaría si apostase a escribir un cuento para enviar a ese concurso “Sí, lo escribiré” debí decirlo en voz alta, porque varios parroquianos me miraron casi al mismo tiempo.

La noticia bien valía otro cortado. El mozo, a una seña mía, hizo el pedido; mientras la espera de la llegada de la infusión con leche, comenzó dentro de mí un vertiginoso viaje de pensamientos hacia la posibilidad de escribir un cuento, enviarlo al encuentro y ganarme el premio, ya que por ese tiempo mi economía era muy precaria, como lo sigue siendo mientras esto escribo.

Porque escribo ahora, tiempo después de aquella noche en La Giralda, mientras esperaba a mi amigo. Fuimos al cine. Vimos La Nave Va.

Pero antes de continuar, quiero comentar que antes de este encuentro previo al acontecimiento de La Giralda, estuve en el taller de Ricardo, que me había invitado a que fuera a ver unas obras que él había terminado.

Cuando pasé la puerta de entrada al taller las vi. Sobre una mesada. Recibí una impresión difícil de referir, algo intenso, que me produjo contentamiento en todo el cuerpo. Eran cinco esculturas con forma de cántaros, de una belleza descomunal. Se lo dije.

Pero Ricardo tiene una manera de ser muy peculiar. Él sabe que lo hecho es bueno; él sabe que trabaja de la mejor manera, que sus conocimientos respecto del mundo de la cerámica son los de alguien que indaga de manera profunda y constante. Y que tiene mucho para decir. Solamente que, cuando alabo sus obras, me dice que son producto de la casualidad, que en realidad quería hacer otra cosa y le salió eso, que no se siente seguro, que no sé cuántas cosas más, me dice, como para que me crea que él es un tipo simple, que apenas hace lo que puede. Mecanismo de mierda si lo hay para embromar a los demás. Pero en nuestra amistad de cuarenta años todo es posible; ya no hay sorpresas o hay, en realidad, una aceptación completa del otro, plagada de sorpresas.

Observé cada uno de los trabajos durante hora y media; un placer, un lujo. En cada obra está plasmado lo atávico, lo que viene de milenios, pero levantado de una manera que a la vez, muestra este mundo de hoy, estos días que vivimos. Y esa es la grandeza de mi amigo. Pone en una simple vasija, todo el sentimiento de la evolución humana. Y entonces su obra cobra dimensión de eternidad.

Luego de mi recorrida por las obras, nos sentamos en el patiecito de su taller, sobre viejas sillas que rescató en un remate de un bar, junto con algunas mesas; hablamos de sus trabajos y de muchas otras cosas. Fue hasta la biblioteca y trajo, casi como para un ritual, El hombrecillo de los gansos; Wassermann para nosotros tiene un significado muy particular y en concreto esta obra. Viene desde la juventud, desde los años en que nos conocimos y este autor maravilloso nos abrió las puertas hacia el asombroso universo de los sentimientos profundos, esos que llevan a indagar en el alma del hombre.

Por la noche, al despedirme, quedamos en encontrarnos al otro día en La Giralda, para luego ir a ver La Nave Va”.

 

Así es como él llegó, pidió los cortados y nos pusimos a charlar hasta que se hiciese la hora de ir al cine.

Le comenté lo del aviso. Se rió, le pregunté por qué, me dijo que mis fantasías eran sin límite alguno, que en vez de gastar tiempo pensando en esas cosas pensara seriamente en cómo terminar las esculturas y los dibujos que iba a destinar para la muestra que tenía por delante, ya que al recibir la invitación enviada por Silvia Di Marco, Subdirectora del Museo de Bellas Artes de Luján, había aceptado la propuesta.

-Mirá –dije- que tenga la muestra por delante, que sea escultor, dibujante o como se llame, no quita que pueda pensar en ese aviso, que me vengan ganas de escribir un cuento y que, además, tenga el deseo de ganarme el primer premio, dada mi circunstancia de artista pobre. No me jodas.

-Bueno, no es para que te pongas así –dijo- no te alteres.

-Es que la falta de guita me molesta muchísimo, no me permite hacer cosas que quiero, perturba mi posibilidad expresiva. No puedo comprar materiales, no puedo indagar y experimentar en ellos, no puedo hacerme un catálogo digno para la muestra y a la vez, dependo de que alguien me haga el favor de llevarme las obras hasta la sala, porque no tengo ni para pagar un flete; y cuánto más podría decirte por esta economía de mierda que padezco.

-Ya lo sé y también sabés que me pasa lo mismo –agregó.

Hubo un marcado silencio. Luego, seguí:

-¿Te das cuenta Ricardo? estamos diciendo que la obra se vincula directamente a la economía que uno maneja en su mundo personal. Es tremendo que digamos esto, cuando sabemos que Van Gogh, Gauguin y aquí, en Argentina, el mismísimo Fader padecieron lo indecible; pero ellos sí, hicieron sus obras...

-Bueno –me cortó- pero cuando leemos sus cartas, las que le escribieron a familiares, amigos, galeristas o críticos, creo que no pasa una sola hoja sin que se quejen de la precariedad de sus economías. Y Pissarro, escribiéndole a su hijo Lucien, diciéndole que si no vendía aunque fuera uno de los abanicos que pintaba, no podía volver a su casa, por no tener dinero para el viaje.

-Es cierto –contesté- pero siento que la distancia y el hecho de poder leer sobre sus respectivos dolores no me alcanza para amortiguar el sentimiento de pesadumbre cuando pienso que mañana, puede venir el inspector de la empresa de luz a cortarme el servicio por falta de pago.

Llamó al mozo y le pidió otros dos cortados.

-Está bien –dijo- juguemos un rato al cuento así se te pasa la bronca que estás acumulando.

-No, es simplemente el aviso que me llamó la atención, en verdad, tampoco el aviso, sino el dinero que podría ganar si me dan el premio ¿Comprendés, Ricardo?

Sí. Comprendo –lo dijo en voz baja.-

-No importa –agregué- que sea un cuento, una fábrica de zapatillas, una panchería. Algo. Algo que me permita modificar por un tiempito, nada más, esta mierda de precariedad económica a la cual estoy sometido.

-¿Y la obra, maestro? –Lo dijo sonriendo.

-La obra... Tal vez, tendríamos  que consultar de nuevo a Wassermann.

 

Salí del taller para ir en busca de una librería y comprar una libreta en la cual anotaría todo lo necesario para lanzarme a la escritura del cuento. Elegí una que tenía en la tapa una reproducción de un cuadro de Van Gogh. No pude dejar de pensar que siempre, siempre es Él, el que hace que otros reciban dinero con sus obras, sean las verdaderas, las que se compraron en millones de dólares o esta reproducción de apenas diez centímetros de lado y escucho a Sábato diciendo que ese dinero es una inmoralidad y estoy de acuerdo. El mercado, es inmoral. El pobre, el infortunado Vincent, es un ejemplo sideral.

Apenas compré la libretita, fui a un bar, me senté a una mesa y comencé con algunas anotaciones. –Ya está, me dije. Abordaré el tema  sobre un tipo que es artista y quiere escribir un cuento y que nunca lo terminará. Una especie de cuento a la segunda potencia. Escribiré que tiene una modelo, que va a su estudio a posar para una serie de obras y ella descubre los borradores del cuento y le pide que le cuente sobre eso; él no le responde y ella se pone a leer en voz alta esos fragmentos, los pedazos de un todo que nunca será.

Claro, comenzaron las dudas, el cómo escribirlo, si la modelo sería el personaje central, si albergaría varios personajes... tantas cosas venían a mi mente y las dudas se multiplicaban.

Comencé a leer a otros cuentistas, a buscar datos, información. Salí a caminar por las calles de Buenos Aires para encontrar climas, anotaba en la libretita una vieja casa, una esquina, miraba las baldosas y también antiguas calles empedradas que aún se pueden ver por la ciudad. Melancolía pura. No me agradaba eso de la nostalgia, porque para ello, basta conmigo. El rufián melancólico me dije.

Algunas plazas me dieron la posibilidad de vislumbrar algún acontecimiento, algo que sucediera en , ya que en mi obra escultórica tengo varias figuras sentadas en esos bancos tan singulares y que Liliana Heker tan bien refiere en un texto que escribió para presentar una de mis muestras.

También encontré cortadas impresionantemente bellas, que sirven más para la mirada de un fotógrafo que para alguien como yo, limitado en esto de contar con las palabras. El pasaje Boeri, en Floresta, por ejemplo.

Y así pasaban los días, buscando, tratando de encontrar.

 

Salimos del cine. Tenía la cabeza dada vuelta. «La Nave Va» Creo que es una de las obras mayores y más intensa de toda la historia de la filmografía mundial. No soy lo que se llama un cinéfilo, pero tengo la suerte de haber visto películas ciertamente buenas, hondas, aunque se me hace que ninguna como ésta. Fellini es verdaderamente grande. El más grande de todos. Es como Giuseppe Verdi.

Nos fuimos a un boliche para retomar aliento después de haber visto semejante portento y charlar y charlar y charlar sobre esa obra, emocionados hasta la médula. Pedimos dos cortados y estuvimos un buen rato en silencio, hasta que él dijo: -Qué maravilla, Helios. Qué maravilla. Y volvimos a silenciarnos por otro rato. Yo miraba a través de la ventana de ese bar, que en verdad no recuerdo en qué calle estaba situado, pues al salir del cine lo hicimos sin una dirección determinada, lo hicimos casi por automatismo, sabiendo que había que salir del cine e ir a algún lugar para sentarnos; caminamos por calles céntricas, hasta que dimos con ese bar. Miraba a través de la ventana y lo que veía eran las imágenes de la película, intercaladas con las personas que pasaban presurosas para guarecerse del frío y de la llovizna que en ese momento caía ininterrumpidamente. El Invierno, pensé. Y no sé por qué imaginé que Fellini había concebido la película en un anochecer invernal, mientras escuchaba la bellísima música a la cual había dedicado esa obra. O sintiendo que el arte es eso, es así. Y pensé en cómo había creado la ficción con la realidad de la filmación, o la realidad de la película con la ficción en el momento de filmar, de realizar lo escenográfico, de decirle a un actor que no sea estúpido; o ir al baño, o tocarle el culo a una ayudante, todas esas mentiras que suceden en el momento de crear una verdad, un absoluto, como es una obra de arte.

Y por un segundo, por un infinitesimal segundo, me pasó por el alma el sentimiento del cuento, de lo que había sentido y pensado cuando leí el informe de la editorial proponiendo el certamen. De cómo Fellini había forjado esa película mezclando realidades y ficciones y cómo podría yo, intentar decir algo a través de esa manera. Pero cómo hacerlo. Cómo.

-¿Querés otro cortado? Escuché la voz de Ricardo, sintiendo que me lo decía desde distancias siderales. Creo que hice el característico gesto afirmativo moviendo la cabeza de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba reiteradas veces.

Luego de ese último cortado, salimos y lo acompañé hasta la parada del colectivo, toda  vez que nos ubicamos en qué calle estábamos: Lavalle. Caminamos en dirección hacia la 9 de Julio, despacio, tranquilos, mojándonos con la tenue llovizna que me resultaba más hermosa que nunca, más placentera que nunca, y entornaba los ojos mirando a través de las gotitas que se adherían a mis pestañas y podía observar el paisaje de una manera distinta: borroso, pero brillante al mismo tiempo y el semáforo que anunciaba un pronto cambio de color, dándole vía libre a los automóviles, justo cuando estábamos en la mitad del cruce de la avenida y si no apurábamos el andar, nos pasarían por arriba. Al llegar a la vereda, recordé por esas asociaciones que se dan con ciertos acontecimientos, cuando en épocas de juventud, cruzábamos esa misma avenida con los ojos cerrados, apostando a que éramos indestructibles y “sabíamos” que nada nos pasaría; mientras, escuchábamos bocinazos,  insultos y frenadas presurosas de los automovilistas que nos esquivaban, mientras nosotros seguíamos cruzando sin abrir los ojos, hasta llegar a la vereda opuesta y ahí festejar airosos, contentos, pues ningún coche nos había revoleado por los aires.

Recordé aquellas locuras juveniles cuando éramos estudiantes de bellas artes, todo junto, de golpe, esos recuerdos, Fellini y por qué no intentar escribir sobre aquellos días, cuando nos hacíamos en el mundo del arte, cuando el mundo recién comenzaba y todavía, nada había sido creado aún para nosotros. Pero... tiempos de “Progreso” en el cual los mercaderes decidieron demoler el edificio antiguo y bello donde funcionaba la escuela; y en ese mundo que se nos estaba haciendo en el arte, al mismo tiempo, podíamos ser testigos de todos los derrumbes que provocarían los señores del poder.

-Ricardo –me encontré diciendo- desde que salimos del cine, tuve pensamientos acerca del cuento.

-¿Qué? dijo mirándome extrañado

-El cuento –respondí.

-¿Cuál cuento?

-El que creo que voy a escribir para enviar al concurso. Lo que te comenté en La Giralda.

Creo que se dio cuenta de qué le estaba hablando, pero hizo un gesto alzando los hombros y no supe si era porque le importaba un bledo, o, porque me estaba diciendo algo así como “hacé lo que quieras”. Él, estaba succionado por Fellini y nada de lo que yo dijese, tendría sentido.

 

Luego de aquel día de Fellini, decidí dedicarle buen tiempo al cuento. Es por ello que fui a recorrer las calles, que compré la libretita, hasta pensé en salir a buscar un narrador, por si no daba yo en la tecla. Alguien que me contara historias que yo trasladaría al cuento, o un capítulo que titularía los narradores, así le daba viso de realidad y la historia pudiese ser creída.

A la vez, en el taller, seguiría con las clases de dibujo, pero siempre, sintiendo y pensando en el cuento. Los martes, llegaban temprano Andrés, Diana, Ariel, Ana y Mariana, la modelo. Trabajábamos hasta tarde, hablábamos acerca del arte, mientras ellos dibujaban las poses que ofrecía Mariana, qué, como bailarina, tan bellamente lo hacía. 

Y estaba Laura, que venía para posarme en otro momento, porque sus horarios no coincidían con los otros. Venía los jueves.

Bella. Intensamente bella. Su mirada, su voz, su presencia, me perturbaban como para trabajar bien, para que la tarea fuese de la mejor manera. Jamás le insinué nada, jamás se lo diría. Andaba por el taller con absoluta libertad, desnuda, inquieta, escudriñaba los rincones y cuando le hacía un comentario, cuando le preguntaba el por qué, ella decía: -Para saberte un poco más y porque me agrada husmear los secretos que tenés. –Si son secretos –dije-, no veo porque tenés que revisar. Sonriendo pícaramente, dijo: -no me importa, quiero saberte.

Hizo un movimiento con el brazo, extendiéndolo hacia un estante y cuando quise detenerla, ya era tarde. ¡La libretita!

-¿Qué es esta libreta? Dijo mirando la tapa.

-Una libretita. Respondí. Comenzó a pasar las hojas y noté que sus ojos se abrían, seguramente leyendo.

-¿Qué escribís aquí? inquirió.

–Dámela, dije. –No, quiero verla, lo dijo bajando la voz.

-Dámela, Laura. Dije

-¿El cuento? -Preguntó y siguió diciendo- ¿es un título? No me digas que son anotaciones para un cuento.

-No, mentí.

Pero ella seguía leyendo y yo comenzaba a temblar. Y lo leyó.

-¿Laura? Dijo con un gesto extraño, abriendo y cerrando los ojos. ¿Quién es Laura? ¿O soy yo, esta que nombrás?

Traté de quitársela, pero ella la escondió por detrás y dijo –Ahora voy a leer todo lo que escribiste.

-Laura, mejor que no... quise convencerla. Seguía leyendo.

-Bueno, decís cosas lindas al menos, sobre mí, que me agradan.

Rezaba para que no siguiese. Pero...

-¡Epa! Casi gritó. ¿Quéeee? Y sus ojos se abrieron desmesuradamente, mirándome o no sé qué, mientras me sentí desmayar.

-¡¿Hacemos el amor?!

-Dámela, Laura. Rogué.

-No, quiero saber... ¿desde cuándo estás escribiendo esto? -Preguntó.

-Dame esa libreta, Laura. Insistí.

-¡No! Gritó.

Pensé que enfurecía, que se enojaría, que me madaría a la mierda.

-¿Esto sentís? Dijo en voz baja. Muy baja.

-Bueno... intenté decir algo –No te enojes, no te pongas mal, se trata de una ficción, de un personaje, no sé... pero no sos vos...

-Sí, soy yo. Dijo. Y siguió, para peor. –No me enoja, sólo que me sorprendí y me da un poco de... no sé...

No sabía qué hacer, no sabía qué decirle, sólo atiné a acercarme, tomar sus manos tratando de disculparme y entonces ella se apoyó en mí, quedando su cabeza sobre mi pecho.

-¿Vas a escribir el cuento? Dijo mirándome a los ojos, sin separarse, y sin soltar sus manos.

-Bueno... tal vez... ¿por qué lo preguntás? Dije como para salir de semejante situación.

-Porque quiero estar ahí y me agrada lo que decís de cómo hacemos el amor.

-Yo... Laura... yo...

 

Me encontré nuevamente con Ricardo, tiempo después de Fellini. Esta vez, para ir al Colón y ver Rigoletto, ver al Gran Giuseppe Verdi. Mientras caminábamos hacia el teatro, riendo, me dice: -¿Y la obra, maestro? ¿El cuento?

-No me jodas, Ricardo. Lo tiré. No estoy para ficciones

-Sos un loco –dijo.

-Puede ser...


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