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La
Silla
Quise
escribir
un
cuento
sobre
la
vida
de
una
silla. Pero
no
la
visa
física
o
vital,
orgánica
o
humana,
sino,
la
vida
de
la
silla
en
la
vida
de
las
personas
con
las
cuales
ella
convivía
en
una
casa,
allá
por
el
barrio
de
Floresta. Hice
intentos
de
todo
tipo,
escribí
pilas
de
hojas,
borradores,
que
luego
iban
a
parar
al
tacho
de
basura.
Decidí,
claro
está,
decirme
a
viva
voz
que
no
soy
escritor
y
mucho
menos,
escritor
de
cuentos.
Algo
tan
natural,
tan
inmediato
para
tantos
escritores
a
los
que
le
brotan
cuentos
como
agua
de
manantial.
Algunos
de
esos
escritores
me
dieron
el
honor
de
su
amistad,
con
ellos
hablamos
en
varios
encuentros
acerca
del
arte,
de
la
literatura,
del
maravilloso
mundo
de
la
expresión
donde
se
dicen
cosas
cuando
se
las
tiene
para
decir. Cuando
se
las
tiene
para
decir.
Ellos
encuentran
cómo
decirlo. Por
lo
visto,
nada
tengo
para
expresar
a
través
del
cuento.
Si
no
fuera
así,
entonces,
la
historia
de
la
silla,
hubiese
salido
a
la
luz. No
pierdo
las
esperanzas,
quizás
en
algún
momento
me
llegue
algo
así
como
una
invocación,
un
soplido,
una
ensoñación
o
eso
que
llaman
inspiración
y
pueda
concretar
el
cuento,
hacerlo
real,
leíble. Mientras,
me
sigo
deleitando,
sigo
gozando
a
la
vez
que
por
momentos
sintiendo
dolor
o
estados
de
ánimos
encontrados,
según
lo
narrado
por
mis
amigos,
narraciones
hondas,
intensas,
con
un
manejo
impresionante
de
los
tiempos
literarios;
me
refiero
al
tiempo-destiempo
en
el
cual
suceden
las
historias
que
ellos
cuentan
maravillosamente. Abelardo
Castillo,
lo
hace
casi
hasta
diciéndonos
no
sólo
de
que
se
trata
la
narración,
sino
que
agrega
en
un
párrafo,
lo
que
uno
leerá
luego
en
otra
página
y
de
inmediato
vuelve
a
un
presente
determinadísimo,
para
después
pasearnos
por
alternativas
del
pasado
y
del
futuro
en
la
vida
del
personaje,
contadas,
claro
es,
en
ese
presente
en
el
que
uno
lee. Un
maestro. Lo
mismo
puedo
decir
de
Liliana
Heker,
memorando
uno
de
sus
cuentos
que,
desde
mi
subjetiva
apreciación
valorativa,
es
tal
vez,
uno
de
los
mejores
que
se
haya
escrito
sobre
la
vida
de
un
boxeador,
el
clima
del
boxeo,
el
mundo
del
boxeo,
sin
que
ella
mencione
todo
ese
mundo,
sin
hablarnos
de
un
gimnasio,
de
un
ring,
sino,
solamente,
del
boxeador
y
su
familia,
con
el
acontecer
que
ello
implica.
Y
una
radio
en
la
cual,
su
esposa
e
hijos,
escuchan
las
peleas
que
el
padre,
esposo,
protagoniza.
Me
refiero
al
cuento
Los
que
vieron
la
Zarza. Y
Marcelo
Caruso.
Otro.
Su
libro
Un
pez
en
la
inmensa
noche,
es
casi
completo.
Digo,
completo
en
calidad,
en
hondura,
en
belleza.
El
cuento
que
le
da
título
al
libro,
es
un
sopapo
para
despertar
del
letargo
en
la
vida
de
rutina,
de
resignación
en
la
cual
se
vive
por
estos
tiempos,
donde
la
mediocridad
todo
lo
domina. También,
Sylvia
Iparraguirre.
De
la
misma
manera,
ella,
como
Abelardo
-su
esposo-,
Liliana
y
Marcelo,
escribe
con
intensidad,
suelta
palabras
como
cuando
uno
deja
caer
semillas
en
la
tierra
para
que
luego
den
sus
frutos. Mario
Capasso.
Cuenta
lo
cotidiano
como
sólo
él
puede
hacerlo,
y
dándole
a
eso
cotidiano
que
podemos
ver,
un
viso
de
eternidad.
Lo
embellece. Reitero,
tengo
el
honor
de
la
amistad,
la
suerte
de
saberlos,
de
compartir
noches
maravillosas
en
sus
respectivas
casas,
disfrutando,
sólo
disfrutando. O
Marcelo
llegando
una
tarde
a
mi
taller,
contándome
acerca
de
una
novela
que
estaba
escribiendo,
una
tarde
en
la
cual
yo
estaba
dando
clases,
y
la
clase
pasó
a
ser
ese
encuentro
con
Marcelo;
éste
me
preguntaba
acerca
del
Aleijadinho,
que
quiere
decir
el
lisiadito
y
no
es
otro
que
Antonio
Francisco
Lisboa,
que
nació
allá
por
1730,
según
dicen
algunos,
en
lo
que
hoy
es
Ouro
Preto
y
el
sobrenombre
o
apodo
de
lisiadito
le
viene
porque
según
parece
ser,
tuvo
una
enfermedad
que
le
fue
destruyendo
las
manos
y
luego
los
pies
(¿lepra?)
Pero
dejó
unas
esculturas
de
una
belleza
inconmensurable,
de
una
belleza
comparada,
si
es
que
el
arte
acepta
comparaciones,
a
las
obras
de
Miguel
Ángel. Y Marcelo preguntaba, yo respondía lo que sabía o recordaba de ese artista, pasando luego a hablar de Fernando García Curten, otro inmenso, de sus esculturas hechas con deshechos; eso que la sociedad tira como desperdicio, entonces Fernando los junta y hace obras de arte. Bellísimas, intensas, feroces. Y
Marcelo
insistía,
indagaba,
esperaba
respuesta
quería
saber
más.
Claro,
estaba
escribiendo
su
novela
Brüll,
que
de
alguna
manera,
el
sentimiento
para
poder
escribirla,
lo
tomó
de
Fernando
y
es
por
ello
que
a
él
está
dedicada. Hace
poco,
nos
encontramos
nuevamente
con
Marcelo.
Esta
vez,
hablamos
acerca
de
la
esclavitud,
de
dónde
y
cuándo
llegaban
los
esclavos
aquí,
a
la
Argentina,
de
cómo
eran
castigados,
también
sobre
la
contratación
de
un
verdugo
para
que
hiciera
justicia,
se
lo
trajo
desde
otro
país,
me
contó
acerca
de
uno
de
estos
esclavos,
negro
él,
fue
abandonado
en
una
casa
de
notables,
al
nacer,
recogido
por
esa
familia,
criado
allí,
como
si
fuera
un
blanco,
y
toda
esta
conversación,
me
hace
saber
que
está
trabajando
en
una
novela
que
tratará
sobre
la
esclavitud
en
América
Latina,
y
seguramente,
al
igual
que
Brüll,
será
intensa,
profunda
y
uno
no
podrá
dejar
de
leerla
una
vez
comenzada
su
lectura. Y
es
así
que
la
amistad
con
estos
estupendos
escritores,
no
fue
contagio
alguno
para
que
yo
pudiese
escribir
la
historia
de
la
silla,
una
historia
que
comienza
cuando
una
pareja
joven,
gente
trabajadora,
ella
en
su
casa
tejiendo,
planchando
para
afuera,
él
como
plomero,
haciendo
trabajos
en
casas
de
los
vecinos
que
requerían
sus
conocimientos,
una
especie
de
sabelotodo
en
materia
de
reparaciones.
Eran
queridos
en
el
Barrio,
allá
en
Floresta. La
esposa
quedó
embarazada.
Así
salió
él
a
trabajar
con
mayor
intensidad,
día
a
día,
hora
a
hora,
pues
pronto
habría
una
boca
más
en
la
familia
para
alimentar. Buscaba
yo
recuerdos,
personajes
del
barrio
cuando
allí
vivía,
trataba
de
imaginarme
a
fulana
y
a
mengano
para
hacer
de
ellos
los
personajes,
recordaba
charlas,
amigos,
todo
para
ir
llenando
eso
que
dicen
algunos
autores
cuando
hablan
sobre
el
arte
de
escribir,
qué,
teniendo
el
inicio
y
el
final
de
la
historia,
lo
demás,
es
fácil.
Se
pone
lo
que
hace
falta
y
listo
el
cuento. Mentiras.
Tengo
el
inicio,
el
final,
pero
jamás
pude
dar
con
“eso
fácil”
que
hay
que
poner
en
el
entretanto. La
idea
era
que
cuando
nació
el
niño,
los
vecinos
iban
a
la
casa
a
saludarlos,
como
era
costumbre,
con
regalos
para
el
recién
nacido
y
augurios
de
felicidad
eterna. Uno
de
estos
visitantes
fue
Don
Giuseppe
Morávito,
el
carpintero,
que
con
“sus
propias
manos”,
como
le
dijo
a
la
madre
del
niño,
le
hizo
una
silla
para
que
se
sentara
sobre
ella
al
tomar
la
leche
o
cuando
creciera
para
hacer
los
deberes
de
la
escuela. Todo
era
algarabía,
festejos.
Duró
varios
días
esta
cosa
de
las
visitas.
Cuando
comenzó
la
calma
y
volvieron
a
la
vida
normal,
el
padre
del
niño
(al
que
nunca
pude
encontrarle
un
nombre)
salió
a
trabajar,
por
aquello
de
la
nueva
boca
que
alimentar.
Se
iba
por
la
mañana
muy
temprano
y
volvía
por
la
noche,
cansado,
pero,
sabiendo
que
se
ganaba
el
día,
como
el
pan. El
niño
crecía.
La
madre
lo
veía
crecer.
Estaba
feliz.
Mientras
ella
planchaba,
la
ropa
que
terminaba
la
ponía
doblada
sobre
la
silla
que
Don
Giuseppe
le
había
hecho,
porque
el
niño
era
muy
pequeño
todavía
para
usarla.
O,
el
padre,
cuando
llegaba
por
las
noches,
ponía
sobre
ella
la
caja
de
herramientas,
o
en
otros
momentos,
se
apoyaban
diversos
elementos,
cosas
que
molestaban
en
el
camino,
como
juguetes,
o
la
misma
plancha,
o
lo
que
fuere. El
niño
seguía
creciendo. Cuando
llegué
a
esta
instancia
del
crecimiento
del
niño
dejé
de
escribir
por
un
tiempo,
porque
no
sabía
como
seguir. Y
allí
me
esperaba
el
cuento.
Volvía,
pero
nada. Decidí,
en
un
acto
de
arrojo,
matar
al
padre.
Sí,
el
hombre,
luego
de
tanto
trabajo,
horas
y
horas,
en
verano,
en
invierno,
sobre
todo
en
esta
estación,
contrajo
una
enfermedad
pulmonar
que
lo
llevó
a
la
tumba. Por
aquellos
años
el
niño
ya
era
un
adolescente
y
salía
junto
con
el
padre
a
realizar
los
trabajos,
aprendiendo
el
oficio.
Al
morir
éste,
el
adolescente
se
hizo
cargo
de
los
pedidos
de
reparaciones
que
hacían
los
vecinos. ¿Y
la
silla?,
me
preguntaba. Mientras
me
hacía
la
pregunta,
imaginaba
que
la
iban
corriendo
de
lugar,
que
la
sacaban
de
uno
para
ponerla
en
otro,
porque
era
casi
un
estorbo.
Solamente,
la
habían
utilizado
como
lugar
de
apoyo.
Al
final,
la
madre
le
encontró
un
lugar
fijo
en
la
cocina
y
allí
quedó,
pareciendo
ser
un
estante
más
donde
iban
ollas,
cajas
o
lo
que
se
necesitara
apoyar. También
me
interrogaba
sobre
el
crecimiento
del
joven,
cómo
serían
sus
días,
si
hacía
falta
darle
a
la
narración
un
sentido
descriptivo
en
cuanto
a
imágenes,
exhaustiva,
de
acontecimientos
o
lugares
de
la
casa,
detalles,
cosa
que
me
permitiera
llenar
aquello
que
hacía
falta
entre
el
inicio
y
el
fin
del
cuento.
Las
dudas. Todo,
pensado
o
anotado
en
el
borrador,
leyendo
a
otros
autores
buscando
ayuda,
recorriendo
la
Web,
y
aparecían
algunas
situaciones
que
me
agradaban,
pero
no
encajaban
en
el
todo
y
no
era
cuestión
de
comenzar
a
cada
rato
tratando
y
tratando,
pero
sin
posibilidades
de
enganchar
una
cosa
con
la
otra. Mientras
todo
esto
pensaba,
murió
la
madre
del
joven.
Quedó
huérfano,
más
o
menos
cuando
tenía
unos
veinticinco
años.
Ya
era
casi
un
Oficial
Plomero,
por
lo
que
su
trabajo
lo
tenía
asegurado. Pero
entró
en
una
profunda
tristeza.
A
la
vez
que
en
una
especie
de
abandono
de
sí,
abandono
de
su
persona.
Ya
los
vecinos
no
lo
veían
bien
vestido,
la
misma
camisa
durante
la
semana,
pantalones
sin
planchado,
barba
de
varios
días
y
muchos
de
los
viejos
vecinos,
comentaban
con
tristeza
sobre
cómo
lo
veían
“venirse
abajo”. Don
Giuseppe
también
había
fallecido.
Era
uno
de
los
vecinos
con
los
cuales
el
joven
tenía
conversaciones
más
o
menos
prolongadas,
cuando
no
salía
a
cumplir
con
su
trabajo. Los
cercanos,
también
se
dieron
cuenta
de
que
sus
salidas
con
la
caja
de
herramientas
se
iban
espaciando;
lo
veían
concurrir
a
La
Esponja,
el
bar
de
la
esquina
de
Segurola
y
Camarones,
allí
pasaba
varias
horas,
taciturno,
sin
hablar
con
los
otros
parroquianos,
primero
con
varios
cafés
al
día,
luego
con
algún
vino
blanco,
finalmente,
una
copita
con
grapa
que
el
mozo,
Fernando,
llenaba
por
varias
veces. Así
el
deterioro
físico,
así
también
la
casa,
pedazos
de
mampostería
que
se
desprendían
como
se
desprendían
pedazos
de
la
vida
de
aquel
que
fuera
el
niño
casi
mimado
por
los
vecinos. Todos
esto,
era
lo
que
pensaba,
lo
que
creía
que
podría
escribir,
pero
no
me
atrevía
a
incluirlo
en
lo
que
ya
tenía
guardado
en
el
cuaderno
de
anotaciones. La
cosa
es
que
el
muchacho
enfermó. Doña
Geroma,
la
vecina
de
la
casa
lindera,
cuyos
fondos
se
comunicaban,
comenzó
a
llevarle
algunas
comidas,
a
limpiar
la
casa,
a
darle
los
remedios
recetados
por
el
Doctor
Selmonosky,
ya
viejito,
que
lo
había
atendido
cuando
pibe,
hasta
que
cierta
tarde,
el
joven
estando
en
la
cocina,
mientras
Doña
Geroma
lavaba
el
plato
en
el
cual
había
comido,
se
descompuso
y
la
mujer,
alcanzó
a
sostenerlo
para
que
no
cayera
al
piso
y
desesperada,
por
la
angustia
y
el
peso
del
joven,
atinó
a
tomar
la
silla
que
estaba
en
el
rincón,
aquella
silla
que
durante
años
y
años
había
estado
allí,
media
desvencijada
por
la
cantidad
de
cosas
que
habían
apoyado
sobre
ella
y
lo
sentó,
como
pudo,
dejándolo
allí
para
ir
a
llamar
al
doctor.
Cuando
el
médico
llegó
se
acercó
a
la
silla,
lo
tocó
y
le
dijo
a
Doña
Geroma:
-Está
muerto. |
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