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Llamada
Hoy
por
la
tarde,
sonó
el
teléfono. Atendí
y
una
voz
que
me
pareció
reconocer,
me
dijo:
-¡Vos
que
decís! Y
ahí
supe,
desde
la
emoción
más
honda,
desde
una
alegría
inmediata,
que
la
voz
era
la
de
Antonio
Pujia. El
Maestro. En el mes de junio, precisamente el día Once, Antonio cumplió Ochenta años de vida en este Planeta. Le
hice
un
homenaje
en
morenoARTE,
que
todavía
y
hasta
el
mes
de
octubre
(la
Revista
es
de
publicación
trimestral)
está
vigente.
Mi
número
de
teléfono
se
lo
dio
Mirta
Narosky,
se
lo
pidió
Antonio
porque
no
lo
tenía
actualizado
luego
de
mi
mudanza
a
esta
casa,
en
Ciudad
Moreno.
Él
llamó
a
Mirta
y
le
dijo
que
quería
comunicarse
conmigo
porque
yo,
le
había
dejado
un
mensaje
de
salutación
por
el
día
de
su
cumpleaños
y
quería
agradecerme. Agradecerme
él
a
mí.
Resulta
extraño
en
mi
sentir,
sabiendo,
claro,
que
Antonio
es
agradecido,
responde
siempre
a
los
afectos.
Digo
extraño,
porque
quien
le
agradece
por
siempre
sus
enseñanzas,
su
generosidad
de
Maestro,
soy
yo. Lo
que
he
aprendido
en
su
Taller
Escuela,
primero
como
alumno,
luego
como
ayudante,
me
ha
dado
una
sólida
formación
técnica,
más
la
posibilidad
de
aprehender
a
ver
el
mundo
del
arte
y
poder
expresarme
desde
esa
otra
manera
de
decir
que
es
el
hecho
artístico. Fueron
años
de
intenso
trabajo,
de
intenso
hacer
a
medida
que
él
producía
su
obra;
mi
tarea
era
formar
moldes,
mantener
húmedas
las
figuras
que
había
construido
en
arcilla,
del
vaciado
y
llenado
de
lo
moldeado,
el
picado
de
los
moldes,
preparar
materiales
y
cosa
muy
importante,
de
mantener
el
orden
en
todos
los
rincones
del
taller. Para
Antonio,
el
orden
era
una
premisa
de
buen
hacer.
Había
un
cartel
en
una
de
las
paredes,
que
rezaba:
“Seamos
limpios
y
ordenados”
Cuando
le
hice
la
pregunta
de
por
qué
tanto
cuidado
en
ese
asunto
del
orden,
respondió:
-Muy
simple
Boira
(me
nombraba
así,
en
vez
de
Buira)
porque
“el
desorden
se
mete
dentro
de
uno
y
luego,
la
obra,
será
desordenada.
Y
la
obra,
acaso...
¿no
es
nuestra
vida?” Así
es,
querido
Maestro.
He
comprendido. Cuando
menciono
la
generosidad
de
Antonio,
es
porque
la
mayoría
de
las
experiencias
en
el
aprendizaje,
las
hice
sobre
su
propia
obra. Aprendí
a
moldear
sobre
sus
obras
originales,
sobre
arcilla
fresca,
cosa
que
los
errores
cometidos
en
ese
aprendizaje,
directamente,
perjudicaba
lo
hecho
por
él.
Si
conseguí
buenas
pátinas
en
mis
figuras,
fue
porque
primero,
hice
las
experiencias
sobre
sus
bronces
y
cementos.
Cuando
cometí
desastres
en
una
cabeza
de
yeso
que
luego
iría
a
la
fundición,
se
trataba
del
busto
de
uno
de
los
intendentes
de
la
ciudad
de
Buenos
Aires,
obra
que
le
habían
encargado
para
lo
que
sería
el
Salón
de
los
Bustos
en
el
Consejo
Deliberante
de
la
Ciudad
de
Buenos
Aires,
el
Maestro
tuvo
que
hacer
mucho
para
reparar,
por
ejemplo,
una
de
las
orejas
que
yo
le
había
volado
mientras
picaba
el
molde.
Las
reparaciones
las
hacía
en
silencio,
tranquilo,
explicándome
cómo,
de
qué
manera
utilizar
la
herramienta
para
que
no
cometiese
el
mismo
error,
cuando
trabajara
sobre
mi
propia
obra.
Y
así,
hubo
muchas
de
estas
instancias
en
las
que
él
siempre
se
tomaba
toda
la
paciencia
para
la
explicación
posterior.
Creo
que
no
sólo
generosidad,
sino,
decididamente,
grandeza.
Ese
es
Antonio
Pujia. Cierta
vez,
en
los
comienzos
de
mi
relación
con
él,
le
pregunté
si
había
hecho
muchas
esculturas
y
respondió:
-Sí,
es
como
un
bosque,
no
entrarían
todas
en
esta
cuadra. Verlo
trabajar,
estar
a
su
lado
alcanzándole
una
herramienta,
era
todo
un
acontecimiento.
Cierta
vez
fui
testigo
de
algo
maravilloso.
Antonio
había
terminado
una
obra,
“Desnudo
con
uvas”
que
enviaría
a
un
salón
organizado
por
una
empresa
si
mal
no
recuerdo,
productora
de
vinos.
Por
ese
tiempo,
en
la
parte
alta
de
la
casa
que
hacía
de
taller,
vivía
Pipo
Ferrari
–uno
de
los
grandes
artistas
argentinos
que
deberían
tener
mayor
difusión-
quien
trabajaba
encerrado
en
el
silencio.
Antonio,
una
vez
que
le
dio
el
“toque”
final
a
la
escultura,
me
pidió
que
le
dijera
a
Pipo
que
bajara
para
ver
la
obra.
Pipo
dejó
de
pintar,
tranquilo,
despacio,
bajó
por
la
escalera
e
ingresó
al
taller
de
Antonio.
Éste
lo
esperaba
parado
junto
a
la
escultura:
“Pipo,
decime
algo”
escuché
que
decía.
Mientras
Pipo
comenzó
a
recorrer
en
rededor
la
escultura,
Antonio
me
dijo:
“Boira,
sentate
ahí
y
escuchá”,
señalándome
un
banquito.
Eso
hice.
Y
la
maravilla
fue
verlo
a
Pipo
recorrer,
mirar,
detenerse,
volver
a
mirar,
recorrer,
mirarlo
a
Antonio,
mirar
la
escultura,
todo,
en
un
silencio
profundísimo.
Yo
percibía
la
respiración
nerviosa
de
Antonio,
que
sabía,
que
ese
par,
ese
otro
artista,
le
diría
la
verdad
de
lo
que
sentía
al
observar
su
obra.
Ese
“mirada”,
duró
casi
cuarenta
minutos,
doy
fe
de
ello.
(No
escuché
vi) Entonces
Pipo
se
detuvo,
lo
miró
a
Antonio
y
abrazándolo,
le
dijo:
-Tano,
este
es
el
Gran
Premio-
Ese
fue
todo
su
juicio. La
obra,
debo
decirlo,
ganó
el
Gran
Premio. Pero,
recordando
errores
cometidos
sobre
la
obra
de
Antonio
mientras
aprendía,
me
lleva
a
contar
que
mientras
hacía
esa
escultura,
él
salió
unos
días
de
viaje
por
una
muestra
en
la
Provincia
de
Córdoba.
Por
supuesto,
las
recomendaciones,
las
anotaciones,
los
pedidos,
todos
los
ayudamemorias
habidos
y
por
haber.
La
indicación
puntual,
era
que
mantuviese
húmeda
la
arcilla
de
la
escultura,
que
la
tapara
bien
cuando
dejara
el
taller,
que,
cuando
él
volviese
la
terminaría,
porque
quedaba
poco
tiempo
para
el
envío. Qué
sucedió:
la
humedecí
demasiado
y
uno
de
sus
brazos
¡cayó
al
piso!
Creí
que
desmayaba.
Pero,
por
suerte
o
no
sé
por
qué,
con
tranquilidad,
recuperé
el
brazo,
lo
ubiqué
en
su
lugar
y
comencé
un
trabajo
de
modelado
tratando
de
hacerlo
como
él,
para
que
se
sostuviera
ahí,
sin
inconvenientes
posteriores.
¡Lo
logré! Llegó
Antonio
de
su
viaje.
Destapamos
la
figura,
tocó
la
arcilla
y
me
dijo:
-Bien,
buena
humedad.
Y
de
repente,
ve
el
brazo.
Sonriendo,
me
dice:
-Lo
recuperaste
bien,
Boira.
Le
pedí
que
me
explicara
porque
decía
eso,
entonces
respondió
que
él
notaba
el
cambio
de
modelado,
pero,
por
la
zona
en
la
cual
yo
había
trabajado,
supo
que
el
brazo
se
había
caído.
Retocó,
reconstruyó
y
nos
dedicamos
a
hacer
el
moldeado,
luego
el
pasado
a
cemento
y
fue
así
que,
una
vez
en
el
Salón,
el
Jurado
determinó
que
El
Desnudo
con
Uvas,
era
el
Gran
Premio
de
Honor. Lo
vi
lagrimear
de
emoción
a
Antonio,
cuando
le
informaron
la
decisión
del
jurado.
Había
trabajado
muchos
meses
sobre
esa
obra.
Luego,
la
llevó
al
bronce. Cuando
contrataba
una
modelo,
en
el
momento
en
que
hacía
croquis
y
estudiaba
la
figura,
me
decía
que
también
yo
hiciese
croquis
rápidos
que
eso
agilizaba
la
mano,
agilizaba
el
trazo.
Entonces,
ambos,
trabajábamos
sobre
el
papel.
Claro,
las
horas
de
la
modelo
las
pagaba
él.
Otro
aspecto
de
su
generosidad.
Mientras
yo
hacía,
él
me
corregía,
me
hablaba,
me
orientaba.
Quiero
decir,
que
mi
ayudantía,
mi
trabajo
junto
a
él,
fue
una
experiencia
de
formación
permanente.
En
todo
momento
una
palabra,
un
gesto,
un
signo
para
que
yo
incorporase
lo
que
allí
acontecía. Y
las
salidas.
En
el
taller,
estaba
también
como
ayudante
Ana
Miedan,
pero,
haciendo
tareas
diferentes
a
las
mías.
Los
viernes,
el
Maestro
nos
decía:
-Pichones,
a
recorrer. Significaba
esto
que
saldríamos
a
ver
muestras,
salones,
museos
o
al
lugar
que
él
tuviese
que
ir
y
allá
nos
llevaba.
Si
era
una
exposición,
mirábamos
las
obras,
decíamos
nuestro
parecer
y
él,
luego,
en
un
bar,
nos
hablaba
sobre
eso
que
habíamos
visto. Cuando
alguien
le
preguntaba
por
nosotros,
él
respondía:
-Son
los
pichones,
están
emplumando.
Pronto
se
largarán
a
volar. Y
un
día,
me
lo
dijo:
-¡Boira,
a
volar!
Y
dejé
de
ser
su
ayudante. Tiempo
después,
años
después,
organizó
en
su
taller
de
la
calle
Chivilcoy,
en
Floresta,
una
serie
de
reuniones
con
quienes
fuimos
sus
alumnos
en
la
Escuela-Taller
de
la
Calle
Alberdi.
Nuevamente
su
generosidad.
En
esas
reuniones,
él
corría
de
lugar
sus
obras
y
nosotros,
una
vez
por
mes,
llevábamos
nuestros
trabajos
y
hacíamos
crítica
de
obra.
¡Habían
pasado
años
y
seguíamos
aprendiendo!
Fueron
noches
memorables,
emotivas,
cargadas
de
tiempo,
de
experiencias,
de
lo
que
cada
uno
llevaba
desde
su
propia
obra. Fue
allí
que
Antonio
me
dijo:
-Boira,
podés
tutearme,
ahora
somos
colegas
y
amigos. Porque
jamás
lo
había
tuteado.
Entonces
le
respondí:
Antonio,
cuando
aquella
vez,
fue
a
su
taller
el
Maestro
Arrigutti,
para
ver
sus
obras,
usted
no
lo
tuteó,
usted
estaba
muy
callado
y
nervioso
y
al
yo
preguntarle,
me
dijo
que
era
su
maestro,
que
no
podría
tutearlo
nunca. Entonces
me
dijo
Antonio:
-Boira,
es
que
tu
amistad
me
honraría. Y
quedé
callado,
emocionado,
como
esta
tarde
en
que
sonó
el
teléfono
y
su
voz
me
dijo:
-¡Vos
cómo
estás!
Que
era
su
esperado
saludo
al
llegar
yo
a
su
taller. Y
le
digo
que
estoy
bien
Maestro,
agradecido,
contento,
viviendo
aquí
en
Ciudad
Moreno,
rodeado
de
árboles,
de
plantas,
de
pájaros,
mientras
acabo
de
poner
un
CD
con
Monteverdi,
como
lo
hacíamos
allá.
¿Se
acuerda?
Y
usted
me
decía:
-Escuchalo
Boira...
escuchalo. Lo
escucho
Maestro. |
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