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Siempre
es
después
Se
van
a
cumplir
5
años. Exactamente,
el
30
de
diciembre. Aquella
noche
guitarras,
bajos,
batería,
pulsaban
en
la
contundencia
sonora
que
necesitan
las
bandas
de
Rock
para
expresar
su
decir.
Los
participantes-oyentes
en
festejo
frenético,
como
es
hábito
en
este
tipo
de
encuentros,
coreaban
las
canciones,
saltaban,
gritaban
dentro
de
la
alegría
que
se
genera
en
esa
química
tan
única
entre
las
bandas
musicales
y
los
jóvenes. Eran
miles.
Quiero
imaginar
esos
momentos,
cierro
los
ojos
y
tal
vez,
pueda
tener
un
acercamiento
a
través
de
las
imágenes
que
pueden
verse
en
noticieros
o
en
las
transmisiones
dedicadas
a
esa
disciplina
artística
que
desde
hace
ya
tantos
años
moviliza
a
millones
de
personas
en
aras
de
escuchar
a
sus
preferidos,
a
quienes
les
dejan
el
mensaje
del
mundo
en
el
cual
vivimos.
Casi
siempre,
la
mayor
de
las
veces,
un
mensaje
rebelde,
un
mensaje
de
no-aceptación
de
los
fundamentos
de
un
sistema
perverso
y
decadente
que,
por
obra
de
la
Gran
Mediocridad,
domina
en
el
planeta. Y
el
griterío,
la
algarabía,
el
frenesí
mezclado
con
los
acordes
sonoros
que
la
banda
emite
desde
el
escenario
a
través
de
potentes
equipos
de
audio
y
en
una
cantidad
de
decibeles
difíciles
de
soportar
por
quien
no
está
habituado
a
esos
acontecimientos,
a
esos
encuentros.
Celebración.
Esta
es
la
palabra
con
que
me
viene
identificar
esos
rituales
tan
intensos
y
se
me
hace,
tan
ancestrales,
más
allá
de
las
diferencias
formales. Aquellas
reuniones
tribales,
en
las
que
algún
iniciado
ofrecía
a
través
de
cantos
la
oración
que
se
expandiera
por
la
Naturaleza
Toda
y
así,
recibir
los
beneficios
que
ella
ofrece
a
los
seres
vivos.
Y
ese
canto,
esa
invocación,
era
coreada
por
el
grupo
para
que
tuviese
más
fuerza,
mayor
intensidad
y
así
propagarse
por
el
Universo. Qué
son,
si
no,
esos
gritos
de
los
jóvenes,
clamando
por
un
mundo
mejor,
por
un
mundo
más
justo
y
prueba
de
ello
es
cuando
se
dan
las
mega-reuniones
en
las
cuales
se
presentan
varios
grupos,
ante
miles
y
miles
de
oyentes-espectadores.
Por
la
paz,
contra
el
hambre.
Siempre,
solidarios Y
aquella
noche,
no
era
diferente. Estaban
ahí,
en
circunstancia,
los
mismos
que
podrían
haber
estado
años
antes,
o
en
el
momento
en
el
que
un
grupo
comenzara
con
sus
acordes
sonoros,
para
que
el
Encuentro
se
diera
de
inmediato. Miles.
Muchos
miles.
Tal
vez,
más
de
lo
posible. En
un
espacio
cerrado,
al
cual
ingresaban
a
través
de
una
puerta
que
era
controlada
por
quienes
trabajan
de
receptores
del
ticket
que
garantiza
que
se
abonó
la
entrada
para
poder
disfrutar
de
lo
allí
programado. Adentro
a
la
sazón,
las
pancartas,
las
banderas,
“los
trapos”
que
identifican
a
los
grupos,
a
las
bandas,
a
las
tribus
que
conforman
ese
acontecer
en
aparente
delirio
para
una
noche
memorable,
una
noche
que
se
guardará
luego
para
siempre,
como
recuerdo
de
alegrías,
de
un
estar
en
el
lugar
que
les
corresponde
ante
sus
necesidades
de
gritar
y
de
clamar
por
aquello
que
aún
no
tienen.
Claro,
se
les
dice
adolescentes.
Y
se
agitan
los
trapos,
las
pancartas,
los
carteles
identificatorios
de
barrios,
de
zonas,
de
identidades.
Se
agitaban
los
cuerpos,
en
el
salto
ritual
de
la
Ceremonia.
Y
se
encendieron
las
bengalas
del
festejo.
Las
bengalas. Entonces
el
horror. Inesperado.
Imposible.
Impensable.
Jamás
considerado
entre
los
jóvenes. Esas
bengalas
dieron
en
una
mediasombra,
(tela
usada
a
modo
de
decoración)
adherida
a
su
vez,
a
planchas
de
poliuretano,
de
alto
poder
inflamable
y
esto
fue
el
inicio
de
una
de
las
tragedias
que
más
golpearon
a
la
sociedad,
por
las
características
y
por
todo
lo
que
de
ningún
modo
se
hizo
para
que
esto
no
hubiese
ocurrido.
Esa
noche,
se
duplicó
la
capacidad
posible
de
ingresantes.
A
la
vez,
para
que
no
pudiesen
ingresar
sin
abonar
la
entrada,
se
le
puso
candado
a
una
puerta
lateral
que
hubiese
servido
como
vía
de
escape. Imagine
el
lector,
a
miles
de
jóvenes
intentando
escapar
de
un
incendio
declarado,
a
la
vez
que
sin
luz,
dado
que
el
lugar
quedó
a
oscuras,
tanteando
paredes
buscando
la
salida
salvadora.
Pero
imagine
los
apretujones,
lo
empujones,
cuerpos
buscando
de
cualquier
manera
la
vía
de
escapada,
los
que
seguramente
caían
ante
la
imposibilidad
de
sostenerse
en
pie,
pisoteados
por
los
que
sí
mantenían
la
vertical,
pero
cuántos
de
ellos
tropezaban
con
esos
cuerpos
caídos
y
eran
arrollados
por
los
que
venían
detrás. Imposible
imaginar.
Hay
que
estar
en
una
situación
semejante
como
para
poder
compararse
con
lo
que
allí
ocurrió
aquella
noche. Horror.
Sólo
el
horror.
Pánico.
Miedo
expresado
de
todas
las
maneras,
angustia
inenarrable. 194
muertes.
Más
de
mil
heridos
y,
también,
los
que
“nada”
les
pasó. Todos
en
un
rato,
en
un
tiempo
incalculable,
debieron
soportar
ese
acaecer
colosal
en
el
dolor. La
prensa. Comenzaron
los
medios
amarillos
–y
de
los
otros-
a
escribir,
a
decir,
a
“opinar”
acerca
de
lo
que
allí
había
pasado.
Medios,
que
por
esos
días,
elevevaron
notoriamente
sus
ganancias.
Muchos
periodistas
apuntaron
la
mira
de
sus
armas
ideológicas
a
través
de
la
palabra,
contra
los
jóvenes,
contra
el
Rock,
el
descontrol
juvenil,
la
droga
y
un
montón
más
de
palabrerío
sin,
en
ningún
momento,
decir
quiénes,
verdaderamente,
podrían
ser
los
responsables
de
semejante
tragedia. Como
también
estaban
los
que
hacían
análisis
sesudos
opinando
acerca
de
los
funcionarios
que
no
cumplen
con
sus
“obligaciones”,
de
la
policía
que
hacía
la
vista
gorda
ante
la
entrada
desmedida
de
público
al
lugar,
pero,
en
ningún
momento,
daban
nombres
y
no
se
hacían
cargo
de
tener
que
denunciar
como
corresponde
las
verdades
del
horror.
Porque
la
Noticia,
la
Información,
también
debe
ser
una
denuncia,
cuando
corresponde
que
así
sea,
si
los
medios
se
jactan
de
que
están
para
informar,
para
decir
lo
que
acontece
en
una
sociedad. Con
este
accionar,
los
medios,
lo
que
hacían,
era
distraer
y
desinformar
acerca
de
la
responsabilidad
de
las
autoridades
de
gobierno,
que
no
ejercieron
nunca
el
contralor
correspondiente
ya
que,
de
haberlo
hecho,
quizás,
la
tragedia
no
hubiese
ocurrido. Siempre
es
después. Al
poco
tiempo
del
espanto,
salieron
cantidades
de
inspectores
municipales
a
recorrer
todos
los
lugares
en
los
cuales
se
hacían
recitales. Se
revisaban
matafuegos
y
se
exigía
que
todo
lugar
donde
ingresara
público,
debía
estar
equipado
con
la
cantidad
necesaria,
para
casos
de
emergencia. Se
daban
charlas
en
los
organismos
oficiales
acerca
de
cómo
actuar
en
casos
de
incendio,
cómo
evacuar
al
público
si
tenía
acceso
a
esos
lugares,
como
reunirse
los
empleados
fuera
del
establecimiento,
como
autoevacuarse,
como,
como,
como... Todos
los
lugares
con
acceso
de
público,
debieron
modificar
la
apertura
de
sus
puertas,
cambiando
el
sentido
de
la
bisagra
hacia
“afuera”,
contrario
a
lo
que
pasaba
en
República
de
Cromañón.
Ahora,
en
vez
de
“Tire
para
abrir”,
dice:
“Empuje” 194
muertos
después,
se
comenzó
con
la
Seguridad
para
los
vecinos
de
la
Ciudad. Pero
si
uno
retrocede
en
la
memoria,
puede
recordar
la
explosión
de
una
estación
de
servicio
y
luego
de
ello,
la
misma
cantinela,
los
mismos
inspectores,
las
mismas
nuevas
normas
de
seguridad,
las
mismas...
las
mismas
mentiras
de
siempre. La
Puerta
12.
Cancha
de
River,
71
muertos.
¡Hace
cuarenta
años! Se
dice
que
el
portón
estaba
cerrado
al
finalizar
el
partido,
jugaban
River
y
Boca,
o
sea
miles
y
miles
de
espectadores.
Se
dice
también
que
la
policía
reprimió
y
no
dejó
salir
a
los
que
llegaban
primeros
al
portón,
entonces,
los
de
atrás
seguían
empujando
y
fue
así
que
esos
primeros
murieron
aplastados
por
los
que
venían
detrás. Jamás
se
investigó
a
fondo,
nunca
se
supo
lo
que
verdaderamente
ocurrió.
Y
mucho
menos,
se
encontraron
culpables. Pero
eso
sí,
se
cambiaron
los
portones,
se
quitaron
molinetes
se
revisaban
las
canchas
de
futbol,
se
controlaban
entradas
y
salidas
de
público.
Claro,
todo,
como
siempre,
se
hizo
después. Podría
seguir
memorando
tragedias
y
los
cambios
“favorables”
después
de
cada
una
de
ellas. Reitero.
Siempre,
es
después. Hubo
un
juicio
sobre
la
Tragedia
de
Cromañón. A
Omar
Chabán,
quien
regenteaba
el
local,
como
dueño,
lo
condenaron
a
20
años
de
cárcel.
Pero
hasta
que
la
sentencia
esté
firme,
sigue
en
libertad. También
condenaron
al
Manager
del
Grupo
Callejeros,
que
era
la
banda
que
tocaba
esa
noche;
también
en
libertad. A
los
miembros
del
grupo,
los
declararon
inocentes. Cada quien, sacará sus conclusiones. |
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