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Sobre
el
poder
decir
Sé
que
se
trata
del
sujeto.
No
interviene
en
absoluto
realidad
alguna,
de
todas
las
realidades
que
nos
rodean. Yo
y
el
mundo
vamos,
como
también
el
otro
va
con
su
mundo. Toda
apreciación
valorativa,
es
esencial
y
absolutamente
subjetiva. Y
si
hablamos
del
mundo
del
arte,
del
mundo
de
la
expresión
artística,
ya
no
hay
disquisición
posible.
Es
así.
No
de
otra
manera. La
obra
es
en
sí.
Cosa
instalada
en
el
planeta.
El hacedor, desde su más secreta subjetividad, considera que nos está diciendo algo que él quiere decir o necesita decir, y que a la vez, puede decir. Claro, siempre y cuando se tenga algo para decir. Yo,
observador,
lector
o
escucha,
según
de
qué
género
del
arte
se
trate,
desde
el
sujeto
que
soy,
desde
mi
más
secreta
subjetividad,
le
daré
significado
o
no,
a
eso
dicho
y
hecho
por
el
artista,
a
través
de
la
razón
del
sentimiento.
El
arte
pertenece
al
universo
sensible
del
hombre.
En
esa
zona
se
da
el
encuentro,
el
diálogo.
No
en
otro
lugar. Puedo
ejemplificarlo
de
la
siguiente
manera: Estaba
yo
mostrando
mis
obras
escultóricas
en
una
galería
de
arte,
era
el
día
inaugural
y
los
invitados
llegaban,
saludaban,
se
saludaban
entre
sí
quienes
se
conocían,
me
alababan
con
las
palabras
que
siempre
suelen
decirse
en
esos
acontecimientos:
felicitaciones,
buenos
deseos,
buenos
augurios
en
energía
favorable. En
un
momento
dado,
ingresa
a
la
sala
un
escultor
amigo,
quien
luego
de
saludarme
recorre
las
obras,
las
observa,
se
detiene
por
un
tiempo
prolongado
en
algunas
más
que
en
otras
y,
al
terminar
ese
recorrido,
se
acerca
y
me
dice:
-Helios,
¡te
están
pidiendo
tamaño,
quieren
tamaño!
–debo
aclarar
que
eran
esculturas
de
pequeño
formato,
no
más
de
setenta
centímetros
de
altura
las
de
mayor
volumen-
Respondí,
como
pude,
que
ellas
me
habían
salido
así,
que
tal
vez
querían
ser
de
ese
tamaño
y
no
de
otro...
digo,
vagamente... Mientras
esto
hablaba
con
mi
amigo,
ingresa
a
la
muestra
otro
escultor,
conocido
de
ambos,
que
nos
saluda
y
realiza
el
consabido
recorrido
observatorio.
Seguía
yo
en
la
conversación
con
el
que
había
llegado
primero
y
cuando
el
otro
termina
su
viaje
apreciativo,
me
abraza
y
me
dice:
-Helios,
éste
es
el
tamaño
de
tu
obra.
Que
bien
se
las
ve. Tomé
una
mano
de
cada
uno
de
mis
amigos,
las
junté,
hice
que
a
su
vez
se
tomaran
entre
ellos
y
les
dije:
-Muchachos,
ahora,
la
pelea
es
entre
ustedes,
para
discutir
acerca
del
tamaño
que
debe
tener
una
obra.
En
este
caso,
la
mía.
Yo
no
tengo
nada
que
ver
en
esa
discusión. Otro
ejemplo,
en
la
misma
muestra,
unos
días
después: Estaba
yo
con
Ana
Krause,
discípula
que
frecuentaba
mi
taller,
que
no
había
podido
asistir
el
día
inaugural.
Como
no
había
otro
público,
recorríamos
la
muestra
tranquilos,
con
tiempo,
ella
me
hacía
comentarios,
cosa
que
yo
le
pedía
para
que
fuese
esa
charla,
una
prolongación
de
las
clases
que
tomaba
en
el
taller.
En
un
momento
nos
detenemos
ante
una
de
las
figuras
y
ella
me
dice:
-Por
qué
ese
color,
¡qué
fea
pátina!
Mi
respuesta,
la
misma
que
a
los
otros
amigos
en
el
día
inaugural:
-Me
salen
así,
ellas
me
piden
el
color,
no
especulo
racionalmente,
son
emociones... En
el
mismo
instante
en
que
esto
estoy
diciendo,
ingresan
tres
mujeres
–a
las
que
no
conocía-,
recorren
la
muestra
y
cuando
llegan
al
lugar
en
que
estábamos
Ana
y
yo,
una
le
dice
a
las
otras:
-¡Miren
que
hermoso
color
el
de
esta
escultura!
Miré
a
Ana
directamente
a
sus
ojos,
sonreí
y
le
dije;
-Ana,
esta
es
la
clase
de
hoy. Y
un
tercer
ejemplo: En
otro
lugar,
en
otra
exposición,
de
un
artista
que
no
conocía
en
persona,
pero
sabía
de
su
obra.
Esta
vez,
yo
recorría
los
trabajos,
pinturas
y
dibujos.
Me
presenté,
saludé
al
artista
y
seguí
observando
una
por
una.
Mientras
tanto,
ingresa
a
la
sala
una
pareja,
hacen
el
camino
de
comunicación
con
lo
allí
expuesto
y
escucho
que
el
hombre,
le
comienza
a
explicar
a
la
mujer,
todo
lo
que
el
artista
quiso
decir
con
cada
una
de
las
obras,
se
mete
por
todos
los
vericuetos
posibles
de
la
interpretación;
pero
lo
que
yo
veía
y
sentía
que
el
artista
había
hecho,
distaba
mucho
de
las
palabras
de
ese
joven.
Cuando
se
retiraron
del
salón,
el
artista
me
dice:
-Bueno,
al
menos
mi
obra
sirve
para
que
alguien
pueda
conquistar
a
una
chica
con
sus
“conocimientos”.
Ambos
reímos,
porque
en
verdad,
eso
habíamos
sentido
ante
tanta
interpretación
y
la
“solvencia”
para
narrar
esas
interpretaciones. Que
digo
con
esto:
que
el
único
modo
de
saber
de
qué
se
trata
cuando
alguien
se
detiene
ante
una
obra,
sea
para
observarla,
leerla
o
escucharla,
es
a
través
de
su
mundo
sensible,
de
su
cosmogonía,
de
todo
su
Ser. Porque
el
artista,
expresa
lo
que
está
del
otro
lado
de
la
realidad.
Y
únicamente
se
puede
llegar
a
“esa
otra”
realidad,
a
través
del
mundo
sensible,
que
es
el
único
mundo
que
puede
ver
el
otro
lado
de
las
cosas.
Cuando
Van
Gogh
pinta
“ese”
árbol,
termina
pintando
“el
otro”,
el
que
le
pertenece
a
él,
que
no
está
en
la
realidad,
sino
que
está
sólo
en
sus
cuadros.
Porque
el
artista,
pinta
lo
que
está
en
la
realidad,
no,
lo
que
“se
ve”
en
la
realidad. El
artista,
sea
de
imágenes,
palabras
o
sonidos,
expresa
ese
otro
mundo
tal
vez
sin
saberlo,
o
quizás,
sabiendo
qué
quiere
decir,
pero
lo
que
no
podrá
saber
jamás,
es
cómo
será
vista,
leída,
o
escuchada
su
obra.
Ese,
es
uno
de
los
mayores
misterios
de
la
creación
artística. Y
aparece
aquí
la
forma.
El
puente
para
poder
decir.
Y
eso
que
el
artista
tiene
para
decirle
a
los
otros,
necesita
de
una
forma
para
ser
dicho.
Entonces,
se
hacen
inseparables:
contenido
y
forma. Van
Gogh,
para
decir
“ese”
árbol,
sufría
y
luchaba
esforzadamente,
cuando
sentía
dudas,
cuando
su
espíritu
no
encontraba
la
manera.
Hay
cartas
memorables
sobre
este
tema,
escritas
a
su
hermano
Theo.
Muchas
veces,
esas
formas,
al
no
ser
sentidas,
luego
comprendidas
por
el
observador,
generan
un
rechazo
y
dan
lugar
a
cuestionamientos
que
tanto
dolor
han
causado
a
muchos
artistas,
en
el
transcurrir
de
la
historia
del
arte.
Cuántas
veces,
se
ha
visto
que
mucho
de
lo
catalogado
de
feo,
el
artista
lo
transformó
en
belleza.
Para
el
artista,
todo
puede
ser
llevado
a
un
estado
de
belleza.
Para
él,
la
fealdad
está
en
la
conducta
inmoral
del
hombre,
en
la
injusticia
de
unos
hacia
otros,
en
el
ambicioso
sin
escrúpulos,
en
el
traidor
de
causas
nobles.
Y
toda
esa
resaca
de
los
hombres,
a
su
vez,
es
utilizada
por
el
artista
para
luego
devolverlo
en
belleza,
en
la
posibilidad
de
elevar
nuestros
espíritus
a
Zonas
Sublimes.
Me
vienen
a
la
memoria
las
imágenes
de
los
fusilamientos
de
Goya,
o
del
Guernica,
que
estos
grandes
españoles
testimoniaron
para
los
tiempos. Por
ello,
Austen
Heller,
ese
magnífico
crítico
de
arte,
pudo
decir:
«Y
que
Dios
me
condene
si
la
grandeza
debe
ser
alcanzada
por
medio
del
fraude.»
El
compromiso
del
artista
con
su
obra,
pero,
a
la
vez,
con
el
tiempo
en
el
cual
transcurre
su
existencia. Se
dice
que
a
Baudelaire
lo
vieron
mientras
escribía
poemas
en
la
barricada
y
con
un
fusil
al
hombro;
van
Gogh
le
escribe
a
su
hermano
acerca
de
la
durísima
vida
de
los
mineros
y
los
tejedores.
Dice
en
una
carta
de
agosto
de
1880:
«Los
obreros
de
las
minas
de
carbón
y
los
tejedores
son
una
raza
un
poco
distinta
a
la
de
los
demás
trabajadores
y
artesanos
y
yo
siento
hacia
ellos,
una
gran
estima...
El
hombre
del
fondo
del
abismo,
de
profundis,
es
el
minero;
el
otro,
de
aire
pensativo,
como
de
soñador,
es
el
tejedor.
Cada
día
encuentro
algo
conmovedor,
hasta
desgarrador
en
estos
obreros
pobres
y
oscuros,
los
más
desvalidos
de
todos,
puede
decirse,
los
más
despreciados...» Y
qué
hizo
el
desdichado,
el
maravilloso
Vincent,
pintó
“Los
comedores
de
papas”,
una
de
las
obras
más
intensas
sobre
la
condición
humana
de
quienes
sufren
por
las
injusticias. La
obra
es
en
sí.
Cosa
instalada
en
el
planeta. El artista, sólo tiene tiempo para hacerla. Luego, “el otro tiempo”, se encargará de cuidarla, de sostenerla, de llevarla hacia zonas insospechadas, de tal manera, que cincuenta mil años después, nos extasiamos ante la Venus de Willendorf, o la emoción que nos produce Safo, cuando setecientos años antes de Cristo, nos dice: «Se han puesto ya la luna y las pléyades. Es media noche. Pasa el tiempo. Y yo sigo durmiendo sola.» Mientras que Rabelais, allá por el mil quinientos, nos diera a Gargantúa y Pantagruel, o el mismísimo Cervantes El Quijote, para luego, doscientos años después que ellos, Beethoven haría la Ofrenda de su Novena Sinfonía, cuando ya estaba totalmente sordo, como diciéndonos a gritos, que esa era la música que tenía adentro de sí, para Gloria de Dios y de los Hombres”. Y
nosotros
hoy,
aquí,
en
este
mundo
al
que
se
le
han
resquebrajado
los
cimientos,
esta
civilización
incomprensible,
doliente,
que
camina
amortajada
hacia
su
propio
funeral,
preguntándonos
qué
es
el
arte.
Y
podríamos
agregar
en
el
interrogante,
para
qué
sirve
el
arte
en
tiempos
como
este
que
nos
toca
existir. Cuál
es
el
compromiso
hoy,
o
cuál
debería
ser
el
compromiso
del
artista
tal
como
va
el
mundo. El
compromiso
con
su
obra
y
con
el
mundo. |
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